El anuncio del retorno a clases presenciales despertó una serie de críticas hacia el Ministerio de Educación, debido a que se implementó en medio del aumento de casos de COVID-19 a nivel nacional -tras el también polémico permiso de vacaciones de verano-. Hasta la fecha, más de 5 mil establecimientos se encuentran funcionando en esta modalidad, pero solo en una semana, 50 de estos han debido suspender actividades debido a contagios.

A esto se suma la delicada situación en regiones, incluyendo la intercomuna de Concepción, donde nuevamente se estableció una cuarentena total. Conversamos con dos docentes que trabajan en la zona y una psicóloga que se desempeña en el ámbito escolar, para conocer la situación en la que se encuentran sus establecimientos, como también para profundizar en sus experiencias y sentires respecto a esta medida, prácticamente impuesta desde el gobierno central.

LOS PELIGROS DE UNA APERTURA

“Sabemos que hay un peligro real de que en el trayecto al establecimiento o que puedan contagiarse dentro del mismo establecimiento y ser a la vez, vectores de contagio a sus familiares. Y nosotros como docentes, incluso una vez vacunados con ambas dosis, corremos el peligro de ser portadores y también contagiar a nuestros círculos cercanos”, declara Miguel Moya, al ser consultado por el retorno a clases presenciales.

Este profesor de Filosofía comenzó a trabajar este año en el Centro Educacional de la Madera, en Coronel. En el caso de este establecimiento, inicialmente habían pensado volver a una semi presencialidad el 15 de marzo, fecha cercana a cuando los y las docentes recibirán la segunda dosis de la vacuna. Pero, “debido al alza de contagios y el retorno a la cuarentena, se aplazó esto. Incluso, sigue en evaluación si la presencialidad volverá en este semestre, porque el foco del establecimiento está en evitar que tanto estudiantes como profesores se contagien”, detalla.

El docente siente que, dentro de todo, tiene suerte, porque su lugar de trabajo está haciendo lo posible para cuidar a la comunidad escolar. Caso similar que ha experimentado Soledad -prefiere no ser identificada por su nombre -, quien es psicóloga y coordinadora del área académica de un establecimiento subvencionado del Gran Concepción.

En su caso, el caso del personal administrativo continúa asistiendo en medio de la cuarentena y para ello “tomaron medidas muy estrictas, incluyendo transporte privado, señalar espacios fijos para desarrollar nuestras funciones y entrega de elementos de protección. A mí hasta me dieron dos cajas: una con artículos de limpieza e higienización y otra con café, té, azúcar y un termo individual para que hasta pudiéramos tomar un café con seguridad”, relata.

Situación completamente contraria a la que vive otra docente de Filosofía del Gran Concepción, a la cual solo identificaremos como Romina: “Nos citaron el 1 de marzo y por un mensaje de WhatsApp. Querían que hiciéramos clases híbridas -presenciales y, al mismo tiempo, transmitidas online-, de las cuales no tenemos conocimientos cómo funcionan. Además, era evidente la poca factibilidad de impartirlas de forma eficiente y segura. Las salas de clases no estaban listas, ya que ni siquiera habían instalado banda ancha ni habían probado las cámaras, no había demarcación de áreas, dispensadores de alcohol gel, no se había separado la entrada y salida de estudiantes, no había sanitización ni ventilación ni nada de lo que recomiendan los expertos para un retorno seguro. Además, el director vociferaba, sin mascarilla y sólo con máscara facial, que durante la semana todo estaría perfecto para el retorno seguro, replicando el discurso ministerial, sin darse cuenta de nuestro contexto”, es parte de su relato.

 

Los escudos faciales, ampliamente utilizados en la televisión, no protegen las vías respiratorias. 

 

Cabe destacar que las máscaras faciales, ampliamente utilizadas por programas de televisión y matinales, no protegen las vías respiratorias, sino que solo el área de los ojos. Y es que otro problema que se repite en las comunidades escolares es la falta de educación en salud. Como explica la psicóloga, Soledad, “el miedo está presente en las educadoras y educadores, personal administrativo y toda la comunidad. Porque, como no existe claridad en la población respecto a cómo abordar adecuadamente la prevención, las escuelas no pueden garantizar la trazabilidad. Muchos niños y niñas juegan en sus barrios sin mascarillas, visitan a sus familias generando reuniones numerosas en espacios cerrados, etc. En mi visión, la gente no sabe exactamente qué cosas no puede hacer y se relativiza el autocuidado. Tampoco podemos controlar lo que ocurra en el transporte de niños, niñas y jóvenes y quizá sea más complejo abordar el cuidado en niños y niñas más pequeños”, puntualiza.

 

NO ES LO MISMO A DISTANCIA

Pero a pesar de los riesgos, saben que los y las estudiantes no están recibiendo una educación de calidad a distancia. Moya tiene claro que no es lo mismo: “Si bien las clases pueden ser trabajadas de igual forma de forma remota, sabemos que la distancia afecta al proceso de aprendizaje. Además, no tenemos la certeza de que estén efectivamente prestando la atención necesaria, debido a que no siempre se podrá contar con que la cámara de sus dispositivos esté encendida”. A esto, él suma que muchos y muchas tiene problemas de conexión.

Algo similar ha detectado Soledad en su establecimiento, en su rol de psicóloga. “La educación a distancia no tiene punto de comparación con la educación presencial, sobre todo en espacios más vulnerables, como es el caso de la comunidad de mi colegio. En los hogares, extenuados por la pandemia, muchas veces no existen condiciones para darles un espacio de estudio o contención: nos ha pasado estar en una clase online y que, cuando los estudiantes abren su micrófono, se escuche un ruido ensordecedor en su casa, porque hay un único ambiente donde toda la familia convive”, relata. A eso, la profesional suma el aumento de la violencia de género, lo cual ha afectado gravemente a los niños y niñas, “al igual que los problemas de cesantía, al punto de que muchas familias se han tenido que separar porque no alcanza para pagar el arriendo y resuelven volviendo a las casas de sus respectivas madres, por ejemplo”, agrega.

 

Hacinamiento, problemas de acceso a la vivienda propia y el aumento de campamentos han marcado la pandemia. 

En el establecimiento de Soledad, el año pasado realizaron un diagnóstico socioemocional, que arrojó que “los chicas y chicas, por más que tiene orientación al logro, detestan la educación a distancia. ¡Y eso que en mi establecimiento probamos de todo!”, exclama la psicóloga.Y este mismo “casi retorno” y luego, vuelta a las clases online, les frustró mucho, “los que más lo resienten son los y las adolescentes. Sienten que la escuela pierde el sentido, están cansados/as, quieren ver sus amigos/as, salir de casa y que el colegio no sea algo eterno que se metió a sus casos, dejándoles sin espacios de ocio”, explica.

El caso del establecimiento de Romina es algo diferente, porque sus estudiantes han demostrado dominar y sentirse seguros y seguras en esta plataforma. “Hemos tenido casi un 100% de asistencia, con participación activa. Sin embargo, claramente ellos desean volver de manera presencial (yo también), pero aún no son conscientes que el retorno será muy distinto a lo que recordamos del colegio. Los chicos y chicas no tendrán mucha interacción(casi nula) con sus pares, deberán usar mascarilla durante toda la jornada, no podrán comer (sólo en el patio y respetando el distanciamiento) y las salas tienen capacidad para 11 estudiantes”.

 

¿Y AHORA QUÉ?

Moya explica que, en su establecimiento, actualmente se encuentran reuniendo información de los y las estudiantes, de manera de determinar quiénes tienen problemas de conectividad: “Se está armando un catastro con estudiantes que, por ejemplo, no tengan algún dispositivo para conectarse a clases, con el fin de poder prestar equipos y que no queden fuera de las clases remotas”, detalla.

Mientras que, en el establecimiento de Soledad, se ha intentado brindar contención con talleres de autocuidado, aunque estos quedan cortos, ya que cuesta establecer confianzas y diálogos a distancia y, además, porque las necesidades y problemas de las comunidades escolares se han recrudecido con la pandemia. “Igual estos primeros días se han conectado, se ha intentado empezar con actividades de autocuidado para promover la expresión emocional, que se conozcan entre ellos y ellas, pero no ha sido fácil”, puntualiza.

Romina también retornó a la modalidad online, pero teme por lo que pueda ocurrir en el aplazado retorno, ya que aquellos días en que intentaron “retornar a la normalidad”, ella vio “al director sacarse las mascarillas reiteradas veces para hablar, compartió micrófono y no se respetaba la distancia social. Dado el contexto actual, siento que no hay muchas ventajas de un retorno y que el ministro de Educación es una persona alejada de la realidad de los establecimientos y del cómo se ejerce la profesión”.

 

El ministro de Educación, Raúl Figueroa, ha sido fuertemente criticado por sus dichos y trato hacia docentes. 

Ella es crítica ante las imposiciones de esta cartera del gobierno, como de los mismos directivos de su establecimiento: “Para mí fue un estrés el inicio de este año escolar: por un lado, las declaraciones un tanto ofensivas y denostativas por parte del ministro y, por otro lado, la falta de organización y de implementación del colegio”.

Este lunes, al ser interpelado por los contagios en establecimientos, el ministro de Salud, Enrique Paris, se limitó a señalar que los contagios ocurrieron fuera de estos colegios y que 50 establecimientos seguían siendo “muy pocos” del universo de 5 mil. Con el avance de marzo, probablemente veamos cómo avanza esta propuesta, especialmente en ciudades donde están en fases que sí permiten las clases presenciales.